lunes, 29 de agosto de 2011

NOTAS SOBRE EL ENSAYO (“JACKIE” de la austríaca Elfriede Jelinek)

Este texto pretende echar luz sobre un conjunto de ideas que fueron apareciendo en el proceso de trabajo de “Jackie”, monólogo de Elfriede Jelinek . Ha sido mi objetivo no sólo investigar un proceso de trabajo, dando lugar a la creación de una dramaturgia posible del actor, sino también recuperar el campo del ensayo como territorio práctico, sustentado por líneas de investigación con base teórica, que permitan la confrontación de ideas ante la realidad del hecho dramático. Se trata también de hacer el análisis del contexto social donde acontece nuestra practica y que inciden, en forma perversa, sobre la creación artística, poniendo en funcionamiento dispositivos de censura por medio de la critica y sus distintos soportes y agentes: pseudocríticos, curadores, dueños de salas, medios periodísticos, que dan forma y legitiman la destrucción de lo teatral, en función de las reglas comerciales del mercado y las modas que son creadas según lo que ellos y sus agentes legitiman, donde no son posibles las ideas, las cuales atentan contra el ocio y las paupérrimas ganancias. Pero no importa, es el gran sacrificio que hay que pagar para llegar a un momento de gloria: la ¡TELE!, ¡salvarnos! ¡estar en el reino de los cielos! ¡llegar a ser uno entre los menos! Ante esta trampa es imposible procurar pensar nuestro arte, otros piensan por nosotros, lo destruyen lo bastardean, lo escénico se pone en crisis. Cómo trabajar con un texto de Elfriede Jelinek: ella pone todo en crisis, nos confronta, sabe, detesta a los medios, pesquisa su daño, también conoce y detesta a los actores, en especial a las actrices, que son tan propensas a entregar la carne. La austríaca Jelinek me obliga a encontrar entre los intersticios que hay entre palabra y palabra mi propio pensamiento; encontrar aquellas ideas que me permitan dejar de lado viejas posturas e ir al encuentro de algo nuevo. Hay que recuperar el concepto de ser independientes, expresando una ética que nos individualice y nos constituya como opción y resistencia ante las practicas culturales que se fundan únicamente dando prioridad a las reglas de consumo que impone el mercado del ocio. ¿Soy repetitivo? No importa: la palabras con sangre entran y así es, ya verán. Continuo con mis reflexiones sobre el “campo de ensayo”. Cuando creía que todo iba acontecer de diferente manera, ¡ingenuo de mí! Para arribar al ensayo, previamente la dramaturgia nos propone estrategias, tácticas que sustenten, con cierta lógica, simulacros de representatividad, la casi siempre llamada “teatralidad” que intentaremos esbozar en el espacio.
Es en el ensayo donde ponemos a prueba las hipótesis que encontramos en la mesa de trabajo, cuando leemos y releemos el texto, tratando de escuchar. La mayoría de las veces nos recitamos a nosotros mismos, pero nuestras propias páginas son muy pobres. Entonces recurrimos de manera tranquilizadora a la imagen, la escena de lo predecible, para salir a toda prisa de lo impredecible. Garabateamos de manera rápida algo que delimite el espacio, nos dibujamos a nosotros mismos: “¡Yo actúo! ¿Es orgánico, no?”
Un signo es una cosa que, además de la imagen asimilada por los sentidos, hace venir por sí mismo al pensamiento, alguna otra cosa. El pensamiento es un espacio que transcurre en el tiempo, como en las películas. Hay que dar un gran salto para alcanzar ese espacio. Poder transitar el espacio del pensamiento, significa una pérdida de la idea de “yo”, ese “yo” que siempre amenaza con desgarrarse. Pero no hay que demorarse en la propia existencia. Entiendo la función del actor como sujeto reactivo productor de acontecimientos estéticos. La actriz de este ensayo, sostiene el mito del “actor poseído”. Ella pretende demostrar que en cada acción se deja morir, que desaparece para poder ser otra. Toda posibilidad de razonamiento es como que la alejara de su fin, “consumar un sacrificio”. Pero ya no hay acto sacrificial, no hay ceremonia, porque el teatro como también la vida ya no tiene punto de contacto con la naturaleza. El teatro pone en evidencia la realidad social que lo atraviesa. Sus formas de producción ponen de manifiesto ideas política, y un subjetivismo que pretende valor filosófico, que da sustento a la creación de un sistema de rangos y creencias que hacen de la práctica del teatro, una actividad sostenida por rangos estamentales retrógrados. Se lo debe al paradigma teológico que sustenta su moral. Quizá sea una forma de asegurarse su propio exterminio. Pero el teatro siempre ha sido un lugar para darse importancia, para aquellos que dicen tener cultura, y para los que no la tienen también.
Pero todos sabemos que el espectáculo es un gran burdel, donde siempre se pone en juego la carne.
En este ensayo la actriz parece desfallecer, es el texto que la consume y la devora. Lo escrito no simula dejarse atrapar, el texto con toda su potencia se revela, los músculos se tensan y todo se confunde. Entonces hay que detenerse, apaciguar el cuerpo e intentar apenas el sonido de una palabra, poco a poco, algún tono posible; primero el cuerpo está entumecido, pero no hay que parar, hay que repetir, buscar la entonación adecuada, descubrir la nota, de pronto llega, viene desde el silencio, casi como un susurro. El susurro es subversivo, en el susurro está la intención secreta, que se transforma en gesto, deviene en acción y acontece en el tiempo y el espacio. El texto se impone, la violencia se expresa en el lenguaje porque acontece aquí y ahora. Creo ser testigo de un tipo de teatralidad de la que jamás nadie será espectador. Un instante, un momento que hacen del ensayo un lugar secreto y primordial. ¡Mentiras! El campo de ensayo está minado de falsas teorías, crónicas que los actores inventan para legitimar una práctica que no le importa a nadie, impulsados por su devastado y precario yo, que está tan diluido. La creadora de imágenes genera adicción, un poco de maquillaje, luz, cámara, acción y nadie se resiste, un segundo nada más, y ya nada será como antes. Se comenta entre los actores que la televisión lima cerebros, les garantizo que lo he comprobado.
El espectáculo no hace otra cosa que convocar en sus representaciones una sucesión espectral de personajes que son parte constituyente de la reserva iconoclasta del mismo, la religión opera de la misma forma.
Esa teoría de que todos podemos actuar, porque tenemos algún referente dentro de nuestra pobre historia, y al que hemos legitimado, siendo pasivos espectadores de nuestras propias vidas, ¡sí es verdad! Esa es la prueba, ahí está la falsificación. Es el nacimiento de lo artificial, que oculta con tanta habilidad la naturaleza de manera que la naturaleza pronto habrá desaparecido, y con ella la vida, como si ambas hubieran sido alguna vez algo natural.
La acción teatral toma valor político, trae la potencia de la muerte, la única acción sísmica y transformadora. Este aspecto es comparable a la tragedia griega, porque en la muerte trágica hay una ruptura de lo predecible, se transgrede la ley natural, entra en abismo el discurso. El lenguaje se libera. Los personajes del teatro de Jelinek son protagonistas de una tragedia moderna, como lo es Jackie. Este es un verdadero teatro de la muerte porque oficiarlo implica trascender la materialidad de lo corpóreo y dejarse tomar por el lenguaje. Por todo lo antes expuesto, por la negativa que provoca la ignorancia, luego de presentar el proyecto a once salas del circuito alternativo porteño, después de un año de rodar y rodar sin ningún subsidio, sin ningún tipo de ayuda y colaboración, al fin se presentó en forma clandestina a puertas cerradas ante un grupo reducido de amigos, si es que esa palabra tiene hoy en nuestro ámbito algún sentido. “Jackie” de la genial Elfriede Jelinek en Buenos Aires. ¡¡¡MERDE!!! Misión cumplida, como director supe escuchar la voz de la autora, el texto se impuso con toda su potencia, en la subversión y en la clandestinidad, estos últimos dos conceptos fundamentales para comenzar a pensar en un manifiesto de un teatro de la contracultura.

sábado, 2 de octubre de 2010

No tengo casa

No tengo casa
por siglos no he tenido una
La pobreza, el hambre y la violencia
me arrastran de lugar en lugar
No tengo nada,
salvo el viento contra mi espalda
y la tumba
frente a mí.

Ilija Jovanović

jueves, 15 de julio de 2010

POLÍTICA Y DIABLO

Fabián Ludueña Romandini.

FILOSOFO

Por Martín Granovsky

En estos días de frío el olor a resina confunde. ¿Sale de los hogares a leña o de hogueras en preparación? Fabián Ludueña Romandini, investigador del Instituto de Investigaciones Gino Germani de la Universidad de Buenos Aires, dialoga sobre la demonización y la confusión entre el mundo religioso y el mundo jurídico.

–¿Quién y cuándo inventó el demonio como cuco político?

–La idea de una lucha cósmica entre las fuerzas del bien y del mal ya está presente en la apocalíptica judía anterior al cristianismo. Sin embargo, con la lenta conformación de la ortodoxia política cristiana, el demonio pasó a ser un arma política esencial. Ya en el Evangelio de Marcos está presente la lucha entre Jesús y Satán como eje articulador de una oposición político-religiosa. Estas creencias, formuladas alrededor del siglo I d. C., se convirtieron, posteriormente, en armas políticas del cristianismo ortodoxo en su lucha contra lo que definía como “herejías”, proyectos políticos alternativos a la visión hegemónica, particularmente romana, pero no solo romana.


–¿Qué otros ejemplos de utilización política del demonio puede mencionar?

–Toda la historia política de Occidente ha estado marcada, en sus tiempos fuertes, por una apelación al demonio como fuerza del mal político. Desde la fundación misma de la Iglesia romana hasta las Cruzadas, desde la persecución de las brujas hasta las grandes revoluciones del mundo moderno, el lenguaje teológico de la lucha contra el demonio ha sido un arma blandida desde todos los espacios políticos para definir al antagonista como enemigo absoluto. Se trata, según la mayoría de los textos antiguos, de un ángel caído, esto es, de un miembro de la milicia angélica que cometió el primer acto político de la historia: desobedecer a Dios. Como se ve, el demonio es quien decide no obedecer las órdenes del poder soberano.

–La acepción es claramente política.

–Como noción teológico-política, demonio será el “desobediente”, el que se niegue a seguir las directivas de quien se arrogue la potestad de decidir unilateralmente sobre el destino de las comunidades humanas.

–¿El demonio se utiliza para confundir pecado con delito?

–En un contexto donde el discurso teocrático sea predominante, la necesaria y fundacional distinción entre delito y pecado tiende a borrarse peligrosamente.

–¿En qué casos el uso del demonio en la política no funcionó con el éxito que esperaban sus promotores?

–En el pasado, cada vez que el demonio se utilizó los resultados fueron devastadores. Justamente, la invención de una esfera política pública laica fue el sueño que los modernos (no siempre con buena fortuna) intentaron realizar a los fines de construir una política no demonizadora, no heresiológica. Sólo una política que logre desprenderse completamente de cualquier herencia apocalíptico-mesiánica podrá construir el lugar donde el demonio no tenga ya ningún papel que desempeñar.

–¿La utilización del demonio es exclusiva de la jerarquía de la Iglesia Católica?

–No. El demonio ha sido utilizado, a lo largo de la historia, por católicos romanos, protestantes, evangélicos, ortodoxos y, también, por ciertas corrientes del islamismo.

–¿Cuándo surgió la idea de la homosexualidad como acto antinatural?

–Tiene muchos siglos de existencia y los propios teólogos medievales que la forjaron eran ya conscientes de que no se sostenía filosóficamente. También cocinar los alimentos que comemos es antinatural, como toda la cultura humana es, por definición, antinatural. Sin embargo, los homosexuales no querrían contraer matrimonio sólo por amor (como tampoco, desde luego, lo hacen los heterosexuales), sino también por infinidad de razones que no están necesariamente ligadas a este sentimiento. La idea de que el matrimonio civil es la realización de un acto esencialmente amoroso no tiene fundamento histórico ni filosófico aceptable. El matrimonio civil es un acto estrictamente jurídico que no debe revestirse de valores religiosos propios de la lucha entre el bien (amor) contra el mal (demonio).

–¿Cómo se puede salir de la encerrona que plantea la opción “dios o el diablo”?

–Simplemente recordando que el problema del matrimonio homosexual no es religioso, sino estrictamente jurídico. Del mismo modo que un político no puede influir sobre ninguna iglesia respecto de cómo manejar el matrimonio religioso, un obispo no puede indicarle a un congresista cómo formular legalmente el matrimonio civil. En el mundo jurídico de la política laica no hay dios ni diablo. La mejor tradición republicana debe fundarse en el reconocimiento de los derechos de las minorías. La Modernidad se inauguró con la separación del poder político del poder teológico. Y nuestros senadores, en el Congreso, sólo deben responder a la ley civil y al espíritu republicano con el que se fundaron y mantuvieron los mejores valores de un sistema político que no debe cesar de hacerse más plural para ser fiel a su propia esencia.


PAGINA 12- 14 de julio del 2010.

miércoles, 30 de junio de 2010

domingo, 16 de mayo de 2010

"Mientras yo no había dejado de ser del todo quien era y mientras no hera quien estaba llamado a ser, tuve tiempo de sufrir angustias muy particulares. Entre la persona que yo fui y el tipo que yo iba a ser, quedaría una cosa común: los recuerdos. Pero los recuerdos, a medida que iban siendo del tipo que yo sería, a pesar de conservar los mismos límites visuales y parecida organización de los datos, iban teniendo un alma distinta."
Felisberto Hernández.

lunes, 19 de abril de 2010

ESTOY TAN TRISTE




Estoy tan triste como
si te me hubieses muerto
no puedo sonreírme
pues
contigo
ni hablar de qué sé yo
ni dar detalles.
Puedo sólo sufrir
por los días perdidos
por lo imposible ya
por el fracaso.

Idea Vilariño

lunes, 4 de enero de 2010

"La utilidad es el gran ídolo de la época, un ídolo al que sirven todas las fuerzas y han de rendir homenaje todos los talentos. En esta tosca balanza no tiene ningún peso el mérito espiritual del arte, que, despojado de todo estímulo, desaparece ante el ruidoso mercado del siglo."


Schiller.

domingo, 6 de diciembre de 2009

ELFRIEDE JELINEK

"Sí, lo artificial no debe ocultar el artificio, se le permite ser como es."





martes, 1 de diciembre de 2009

EN EL MARGEN


Yo me hago mi camino,
que lleva cerca y lejos;
sin voz y sin palabra,
en el margen estoy.

Robert Walser

Curriculum

Isaúl Ferreira es director actor e Investigador Teatral.
Egresado de la Escuela Municipal de Arte Dramático (EMAD), ha cursado hasta cuarto año de la Licenciatura en Artes Combinadas, en la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires ( UBA).
Realizó seminarios de Perfeccionamiento en Dirección y Actuación con Alberto Ure , Manuel Iedvabni, Paco Redondo, Violeta Albacete
También se ha formado en Técnicas de Lenguaje Corporal con Maricarmen Arnó y Elina Matosso.
Ha realizado diversos seminarios de capacitación en el exterior que le ha permitido profundizar en la técnica denominada “La pratique du Mouvement” desarrollada por el bailarín y coreógrafo francés Hervé Diasnas. En la École des Hautes Études en Sciences Sociales de Paris, participó del seminario de “Estética y filosofía de la imagen en la obra de Berthol Brecht” dictado por el filósofo e historiador del arte George Didi-Huberman.
Como investigador ha expuesto trabajos en distintas Jornadas de estudio, organizadas por el Instituto de Artes del Espectáculo y por el GETEA (Grupo de Estudios de Teatro Argentino e Iberoamericano.)
Desde 1995 hasta la actualidad ha desarrollado actividad docente en forma particular y en distintas instituciones como “El Instituto de Formación del Actor”, con la dirección artística de Hugo Urquijo y el “Instituto de la voz Profesional” con la dirección de Carlos Demartino. Ha participado como docente en el área Teatro en la Secretaría de Educación no Formal.
Como actor ha intervenido, entre otras obras en: “El Cazador Americano” de Haroldo Conti, cooproducción con el Teatro General San Martín y la Dirección de Enrique Dacal. “La Noche de la Rata” de Copi con dirección de Maricarmen Arnó. “Fastos del infierno” de Michel de Gelderode con dirección de Guillermo Ghio. “Matadero” con dirección y dramaturgia de Marcos Rosenzvaig. “Somos” de Eduardo Pavlosky, dirección de Juan Carlos Fontana. “Los Ángeles Organizados” de Daniel Muxica con dirección de Eduardo Cuenca. Fue integrante del grupo “Teatro de la Libertad” dirigido por Enrique Dacal. En cine fue dirigido por Miguel Mirra en “Cuerpos y Armas”, “Pozo de Zorro” así como también en el documental “After Shakespeare” de Hanns Garrino.
Como director ha puesto en escena: “Construcción” creación colectiva, “Auto da Fe” de Tennessee Williams , “Todas Tenemos la Misma Historia” de Darío Fo. “Conchita o los descuidos del Arte” monólogo de Daniel Muxica. “La boda de los burgueses” de Bertolt Brecht, entre otros. Su último trabajo como director data del año 2007 en que dirigió “Acreedores” de August Strindberg que contó con el auspicio de la Embajada de Suecia y con los subsidios del Fondo Nacional de las Artes y PROTEATRO.
En la actualidad está realizando investigaciones sobre el desarrollo de metodologías y prácticas escénicas desde una perspectiva que implica una reconsideración de las poéticas del teatro en las tradiciones literarias y escénicas occidentales integrando los aportes de la filosofía, las artes figurativas y audiovisuales así como también la música en la búsqueda de una nueva poiesis iconico-temporal del gesto y del movimiento en su articulación con el lenguaje. Actualmente se encuentra ensayando "JACKIE" de la autora austriaca Elfriede Jelinek, material a estrenarse la temporada 2010, en la ciudad autónoma de Buenos Aires.






sábado, 21 de noviembre de 2009

DESTINO POLÍTICO DEL TEATRO AYER, HOY

"Es una característica del teatro ser impúdico, exponer públicamente lo que no debería exponerse."

Alain Badiou

lunes, 16 de marzo de 2009

La actriz, relato de un viaje.

Érase una vez un hombre joven dotado de abundante nostalgia
Robert Walser

La actriz ejercitaba el oficio de la actuación en una ciudad que se desintegraba sin prisa a orillas de un río que los habitantes habían declarado mar. Gran parte de ellos eran ancianos que desmemoriados de sí, jugaban a volver a ser niños; con el olvido desquiciado, desmesurados de locura, avanzaban a paso lento por las calles de aquel lugar que por ausencia de almas y a fuerza de maquinales costumbres, se empeñaba en parecerse a un pueblo pero jamás a una ciudad. En la playa, jóvenes taciturnos con la mirada impregnada de azul, imaginaban ansiosos épicas travesías y gestas libertadoras. Él río, ése que “habían declarado mar” como irónico bufón con aires huracanados creaba simulacros de tormentas. Una vez más resentido en su amargo dulzor, con magníficos artificios ponía en práctica su venganza, otras aquietaba el agua, despertaba abismos, espejaba monstruos, convertido no ya en mar sino en pozo. Así el acuático bribón encarcelaba los sueños de aquellos jóvenes que pensaban en el mar como un lejano recuerdo o una ensoñación. En una de las márgenes de la plaza, sobre una explanada, se erigía el coliseo. Una vez más, como augusto señor e importante mecenas patrocinaba el arte de la actriz. La noticia se había propagado en diarios y pasquines de páginas muy coloridas poblada de unos extravagantes personajes que decían pertenecer a la “alta sociedad”. Dictaban sentencias morales como: “Hay que viajar a la India para transformarse en más bondadoso”, que firmaba un pretendido monarca con ideas colonizadoras y mezquinas. También daban consejos que intentaban apaciguar la angustia que despierta el ocio. Como poción catártica, el anuncio del regreso de la star, con una fotografía retocada para vender juventud eterna, habilidad indispensable para convertirse en una pieza destinada a la sacralidad. Pero aquella imagen contrastada con la realidad, interpelaba a la mujer con su propio espectro. ¡Iba a comenzar la función!... Las luces de la sala comenzaron a apagarse lentamente, la oscuridad cedió ante el silencio. Un haz de luz atravesó el espacio: extravagante, exquisita, con una pretenciosa fascinación avanzaba. Su voz comenzó a encantar un círculo mágico de luz sonido y movimiento produjo que me olvidase del mundo hasta que estrambóticos sonidos profanaron el éxtasis. Me encontraba rodeado de viejos aplastados unos sobre otros, con quejidos casi agónicos, adormilados, los miembros inmóviles, como si estuvieran muertos. La actriz con leve reverencia llevó a cabo su ritual de agradecimiento, pero al levantar con altivez el rostro una mueca de tensión lo contrajo. El augusto amante y protector la había abandonado, el teatro estaba vació. Mi aplauso se prolongó con intensidad tratando de contagiar a la indiferente y poco numerosa platea, ella reclinó la cabeza una y otra vez, con reverencias renovadas. Saludó a la nada y se perdió entre cajas. Yo me di cuenta de que aún era joven; salí para la playa donde los muchachos bailaban al compás del tamboril. A los pocos días tome el ferry y partí.
Isaúl Ferreira Olivera

lunes, 15 de septiembre de 2008

La soledad no te enseña a estar solo sino a ser único.

Émile Cioran

Siesta



Las cáscaras de cal descubrían rupestres circunvalaciones;
sombras, oscuridad, trazos que delineaban un hábitat espectral.
Juego de deleite infinito en la inmovidad;
caleidoscopio sensorial
entrenimiento ocioso.

Ansioso devenir, titiritar de la primera desnudez.
Deslizarse y sobarse; dilatar el movimiento
de cadenas de falange.
Restregarse dentro de la carne,
rasguñar la piel, desgarrar ligamentos,
cortar tendones, descuartizar las partes,
salir de sí.

Isaúl Ferreira

viernes, 25 de julio de 2008

Sobre el realismo

La vida es dolorosa y decepcionante. Por lo tanto, es inútil escribir más novelas realistas. Ya sabemos a qué atenernos sobre la realidad en general; y pocas ganas nos quedan de saber algo más. La humanidad, tal cual es, ya sólo nos inspira una apagada oscuridad. Todas esas "observaciones" de una agudeza tan prodigiosa, esas "situaciones", esas anécdotas... Una vez cerrado el libro, no hacen más que confirmar una leve sensación de asco que ya alimenta bastante cualquier día de "vida real".
Michel Houellebecq

martes, 11 de marzo de 2008

TRIBUS DEL VACIO

A partir de la exposición de dos hechos de los que fui espectador, quisiera tratar de encontrar alguna línea de reflexión que me permita plantear una hipótesis, con respecto al panorama tan oscuro de nuestro quehacer teatral.
Este análisis tiene como objeto aquel sector de nuestro medio que pretende ser representante de algún tipo de vanguardia (si es posible aplicar este concepto hoy en día), en otras palabras, el sector que supuestamente posee una autoproclamada visión crítica sobre el pasado, el presente y el futuro de las formas de cómo hacer teatro en la ciudad de Buenos Aires.
Estas “tribus” –así se autodenominan – ganan espacio conformándose dentro del contexto urbano, en lo que yo denominaría BOLICHES TEATRALES, con chapa de cultura alternativa. Son asociaciones entre productores teatrales y gestores de opinión, que convergen legitimando las leyes que deben regir la actividad escénica; no leyes artísticas, sino leyes del mercado del entretenimiento, que tiene como consumidor número uno al representante de una clase mediocre, desvastada cultural y económicamente. Grupo que hace esfuerzos sobrehumanos para no dejar de pertenecer al statu quo vernáculo, antes de pegar un grito libertario ante la puerta del psicoanalista, y reconocer el dolor de ser medio pelo.
Retomando mi periplo de expectador; fui invitado a la representación de dos obras teatrales, aisladas una de la otra en tiempo y espacio. La primera se llevó a cabo en el mes de diciembre del 2007 en la zona de Palermo, la segunda en el mes de marzo del 2008 en el barrio del Abasto.
Podríamos decir que son dos mundos con muchos puntos de contacto, pero también con diferencias económicas. Dos colectivos teatrales que para mi sorpresa retroactiva habían creado dos obras aparentemente distintas, pero eran un calco una de la otra, con los mismos vicios estilísticos y las mismas distorsiones formales.
La única premisa compartida como estímulo para la creación era la denominada “subjetividad”, la misma que ha sido legitimada en el ámbito institucional, privado e independiente durante décadas y que ha constituido para muchos el único mérito para pretender encarar la carrera de actor, director y llegar a convertirse en artista.
Esta cualidad que acentúa aún más el vaciamiento intelectual e ideológico de los últimos años, conforma el prototipo del actor, director, dramaturgo del nuevo siglo.
La resultante: estética de la hipertrofia muscular, personajes que chillan con miradas hacia un horizonte vacío, intensidades patológicas e imágenes frisadas sin conjetura alguna de valor conceptual. Los grupos entronizan la libertad creadora, la eliminación del texto dramático previamente escrito por un autor que proporcione ideas. Dan forma a su creación a partir de disparadores temáticos extraídos de la literatura, una fotografía, una canción, un poema, en fin, un poco de cada cosa, como en el supermercado.
Por los resultados obtenidos a escala conceptual, la profundización crítica de los disparadores temáticos es nula. Esta técnica dramatúrgica muy de moda en los últimos años, que garantiza título de autor en tiempo récord, busca la construcción de una poética no aristotélica.
Decididamente, este procedimiento en las dos obras antes aludidas, concluyó en caos y sinsentido, haciéndose imposible para el espectador comprender lo que se intentaba plantear.
¿Qué ideas entran en confrontación? Quizás hemos llegado al punto en que haya que plantearse que toda confrontación entre representación y realidad ya no es posible.
Robert Musil escribe: “La ideología es el alma de la vida, también de la cotidiana. Todavía hoy es así. Pese a lo cual todo el mundo se divierte burlándose de ella”.

sábado, 9 de febrero de 2008

De la Übermarionette a un cuerpo por venir.

(Ponencia presentada en el marco del XV Congreso Internacional de Teatro Iberoamericano y Argentino organizado por el GETEA (Grupo de Estudios de Teatro argentino e iberoamericano), Buenos Aires, agosto del 2006).

La presente exposición trata de pensar teóricamente el problema del cuerpo del actor según el paradigma del teatro moderno. Dicho paradigma, de origen europeo, ha influido notablemente en los desarrollos del teatro latinoamericano y específicamente argentino sobre todo a partir del siglo XIX. Es por ello que, reflexionando sobre los autores que han formado o pensado este problema en su contexto de origen, queremos traer una mirada crítica sobre los caminos seguidos por nuestro propio teatro nacional. La sociedad occidental en el transcurso de su desarrollo social ha sido modelada por distintos paradigmas históricos que han dado como resultado la producción del hombre y de su acción y que han afectado, en consecuencia, la industria cultural y sus actores. Estos determinantes constituyen un contexto social e histórico sostenido por una producción y montaje de tecnologías corporales múltiples, que por su complejidad vamos a definir con el término “dispositivo”. Este concepto proviene de Michel Foucault quien sostiene:
"[un dispositivo] es en primer lugar un conjunto resueltamente heterogéneo que incluye discursos, instituciones, instalaciones arquitectónicas, decisiones reglamentarias, leyes, medidas administrativas, enunciados científicos, proposiciones filosóficas, morales y filantrópicas. En resumen, lo dicho y también lo no dicho. Estos son los elementos del dispositivo. El dispositivo mismo es la red que se establece entre estos elementos" (1).
Ahora que tenemos una definición que nos permite comprender los juegos de poder que están en acto cuando hablamos de dispositivo, utilizaremos esta noción para tratar nuestro objeto de análisis. Vamos a considerar a la corporeidad moderna como el resultado de la acción de un cierto número de dispositivos que capturan lo viviente y lo territorializan en un “cuerpo” instrumentándolo socialmente como imagen y mercancía convirtiéndolo así en resultado y proyecto de la sociedad actual que se encuentra determinada por el “espectáculo integrado”.
Los dispositivos de captura del cuerpo en la historia social moderna han actuado a través de prácticas muy variadas y sutiles que podríamos denominar genéricamente como “correctivas”. Así por ejemplo, la moda que instituyó el corsé en el siglo XVII, ha podido ser definido como el gesto corrector por antonomasia de la sociedad monárquica (2). El corsé aseguraba un buen soporte a la columna vertebral para otorgarle debida “actitud” a un cuerpo que debía expresar “rectitud comprimida”. Los desarrollos posteriores del capitalismo industrial, de gestación y maduración seculares, permitieron lentamente la creación de una mecánica ortopédica por parte de las ciencias médicas que intentó, a partir del abordaje de la exterioridad del cuerpo, dar solución a las nefastas consecuencias que se abatieron sobre este último debido a los medios de producción existentes. Paralelamente, la disciplina militar inspiró ejercicios para corregir el cuerpo y metodologías de organización espacial (por ejemplo, las prácticas gimnásticas) que generaron así un ideal de esquema corporal que aún perdura en nuestros días y que se ha desarrollado a partir del reemplazo del cuerpo de la “física” por el cuerpo de la “anotomo-política”. Como dice Michel Foucault:
"A través de estas técnicas de sujeción, se está formando un objeto; lentamente va ocupando el puesto el cuerpo mecánico, del cuerpo compuesto de sólidos y sometido a movimientos, cuya imagen había obsesionado durante tanto tiempo a los que soñaban con la perfección disciplinaria. Este objeto nuevo es el cuerpo natural, portador de fuerzas y sede de una duración [...] El cuerpo, al convertirse en blanco para nuevos mecanismos de poder, se ofrece a nuevas formas de saber" (3).
Durante los años ’60 y ’70 del siglo XX, como muestra por otra parte Vigarello, la interioridad del cuerpo fue el objeto de la acción disciplinante de la psicología: las fuerzas que lo atravesaban fueron clasificadas y aparecieron la polaridad “tensión/relajación” así como la construcción de un esquema mental del cuerpo cuyo ideal estaba constituido por el “cuerpo liberado”.
La escena moderna también ha puesto de manifiesto la problemática de una corporeidad disciplinada para lograr los fines estéticos de un teatro donde el actor y su cuerpo demuestran ser materia poco propicia para los fines de un arte mayor. Es a partir de esta escisión entre el actor y su cuerpo que se edifica el paradigma del teatro moderno que tiene como acta de nacimiento el ensayo de Heinrich von Kleist Sobre el teatro de marionetas escrito en 1810 (4) . Kleist nos muestra como este modelo se construye a partir de tres principios. Primero: la superioridad de la marioneta sobre el cuerpo vivo del bailarín (danzar no tiene sentido si no es para transformarse en el centro de gravedad de la marioneta para lograr la “no afectación” y lograr la búsqueda de la “ingravidez” como ideal estético). El autor hace decir a su interlocutor en el texto antes citado, el señor C:
"-- Y qué ventaja ofrecería tal muñeco frente al bailarín vivo? Nunca mostraría afectación. Pues la afectación aparece, como sabe Ud, cuando el alma (vis motrix) se localiza en algún otro punto que el centro de gravedad del movimiento [ lo que ocurre] en la mayoría de nuestros bailarines" (5).
Así, según Kleist, la marioneta debe ser el modelo de toda corporeidad del actor pues “estos muñecos tienen la ventaja de ser ingrávidos y nada saben de la inercia de la materia” (6). A continuación, nuestro autor trata de un particular acontecimiento del cual se desprende el segundo principio que opone las nociones de gracia y de conciencia. Un joven, al terminar su baño, apoya sobre un taburete el pie para poder secarlo; realizando esta acción ve reflejada en un espejo su imagen de cuerpo entero, la cual evoca en el joven el recuerdo de una escultura que había apreciado en un viaje a París. El adolescente, sorprendido, comunica a Kleist su descubrimiento quien para no aumentar la vanidad del muchacho, niega tal posibilidad. Este último, perturbado, intenta demostrar la veracidad de sus dichos repitiendo su gesto en el espejo una y otra vez. Dice entonces Kleist:
"Desde aquel día, desde aquel mismo momento, se operó en el joven una misteriosa transformación. Comenzó a pasar días enteros mirándose en el espejo; y lo abandonaron sus encantos uno tras otro. Un poder invisible y misterioso pareció apresar como una red de hierro el libre discurrir de sus gestos, y cuando hubo transcurrido un año, no se podía descubrir en el joven ni siquiera una huella de su pasada hermosura, que había deleitado a cuantos lo rodeaban" (7).
De este relato, Kleist deduce su segundo principio que enuncia así: “en la medida en que el mundo orgánico se debilita y oscurece la reflexión, hace su aparición la gracia cada vez más radiante y soberana” (8). Esto muestra la relación entre gracia y conciencia de modo tal que a un aumento de la conciencia sobre los gestos estéticos corresponde una disminución inversamente proporcional de la gracia. Así llegamos a la exposición del tercer principio que nos plantea la necesidad de recuperar el cuerpo edénico en el actor. Utilizando la marioneta como paradigma, Kleist establece entonces que:
"[...] la gracia [...] se manifiesta con la máxima pureza al mismo tiempo en la estructura corporal humana que carece de toda conciencia y en la que posee una conciencia infinita, esto es, en el títere y en el dios. [Debemos por consiguiente] volver a comer del Árbol del Conocimiento para recobrar el estado de inocencia" (9).
Con este último principio queda planteado uno de los puntos fundamentales que conforman el paradigma del teatro moderno que inspiró a Gordon Craig, Decroux y Artaud y que ha tenido como programa la recuperación del gesto teatral como vínculo con una sacralidad supuestamente perdida. Al mismo tiempo, esta concepción que tiene su punto de partida en el texto de Kleist que hemos analizado, presupone una desconfianza radical en el cuerpo del actor y conlleva a la edificación del ideal de la übermarionette para hacer frente a las supuestas diferencias del cuerpo humano cuando éste está desprovisto de su gracia adánica. El dios y la marioneta (cuerpo sagrado y cuerpo técnico) representan la plenitud de la gracia y su manifestación teatral. La caída en el mundo condena al actor a tratar de alcanzar un cuerpo siempre inasible que ya no le pertenece más: se trata del cuerpo que poseía el hombre en el Edén y que no recuperará hasta el fin de los tiempos. Por el momento, el actor sólo puede tender, sin la esperanza de encontrarlo jamás realmente, hacia ese cuerpo del paraíso perdido. Así, la marioneta cobra vida y digita los hilos del movimiento del actor que es ahora oficiante humano y por lo tanto incompleto en el culto sagrado del teatro. El intento de la puesta en práctica de este paradigma (que busca articular lo sagrado y lo profano en el cuerpo del actor) encuentra una solidaridad y al mismo tiempo una tensión casi secretas con el capitalismo que en el curso de la modernidad hasta nuestros días se ha constituido en la nueva religión global. En su libro Profanaciones, Giorgio Agamben hace referencia a este proceso inspirándose en un fragmento póstumo de Walter Benjamin titulado El capitalismo como religión. A partir de una lectura crítica de este texto, Agamben concluye:
"Allí donde el sacrificio señalaba el paso de lo profano a lo sagrado y de lo sagrado a lo profano, ahora hay un único, multiforme, incesante proceso de separación, que inviste cada cosa, cada lugar, cada actividad humana para dividirla de sí misma y que es completamente indiferente a la cesura sacro/profano, divino/humano. En su forma extrema, la religión capitalista realiza la pura forma de la separación, sin que haya nada que separar. Una profanación absoluta y sin residuos coincide ahora con una consagración igualmente vacua e integral" (10).
Podemos sostener entonces que mientras el teatro moderno que encuentra en Kleist su paradigma mantiene todavía una cierta separación entre lo profano y lo sagrado, el capitalismo lleva anula esta diferencia para sacralizar toda producción humana separándola y desplazándola a una esfera “otra” representada por la mercancía y el consumo donde todo se transmuta en valor de cambio y exposición. Esta fase extrema de la sacralización capitalista da lugar a lo que se ha dado en llamar la sociedad del espectáculo integrado donde toda posibilidad de profanación queda eliminada. Profanar significa “hacer uso” es decir restituir a la esfera del mundo aquello que había sido separado como sagrado (11).
El paradigma propuesto por Kleist para el teatro mantiene todavía una separación y una posibilidad de celebración de un culto aún si éste sólo nos permite una redención postergada. En cambio, en el culto de la religión capitalista no expiamos ninguna culpa y la redención ya no parece posible en un mundo donde se ha consumado la separación absoluta del hombre y su lenguaje. Como dice Guy Debord “la separación misma forma parte de la unidad del mundo, de la praxis social global que se ha escindido en realidad e imagen” (12). Los mecanismos tecnológicos modernos han llevado a nuestras sociedades a la mayor acumulación de capital, riqueza ésta que se expresa en imagen dentro de un espacio sacralizado. Dice Debord: “el espectáculo no es un conjunto de imágenes sino una relación social entre personas mediatizada a través de la imagen” (13). La práctica social también es separada y la vida misma deja de ser experimentada para pasar a ser contemplada como espectáculo. La vista se convierte en el más sofisticado de los sentidos dado que es ante la mirada que el espectáculo se edifica. La visibilidad es la afirmación de la apariencia y también la negación de toda experiencia de vida. Dice Debord:
"La actual etapa de la colonización total de la vida social por los resultados acumulados de la economía conduce a un deslizamiento generalizado del tener en parecer, del cual todo real “tener” debe extraer su prestigio inmediato y su función última" (14).
Podemos concluir así que el paradigma del teatro moderno enunciado por Kleist ha sido enteramente asimilado por la sociedad espectacular integrada en la cual el cuerpo del actor se funde por completo en el ideal de la übermarionette, es decir como cuerpo separado y sacralizado en la esfera de la representación. Toda relación estética genuina del actor con su cuerpo que constituye la base de su experiencia creadora es desmontada. El cuerpo se trasforma así en tecnología virtual. Esta situación hace tanto más urgente y necesario el pensamiento sobre un cuerpo por venir que escape, si aún es posible, de los mecanismos espectaculares. Esto implica necesariamente pensar un teatro completamente distinto al conocido hasta ahora. El teatro por venir deberá ser necesariamente profanatorio de la sociedad espectacular lo cual conlleva el abandono del paradigma de la übermarionette y de su cuerpo sagrado. Es decir, se trata de montar otra relación entre cuerpo y técnica donde el cuerpo haga uso profanatorio de la técnica o según el lenguaje de Kleist, donde la gracia no sea la concesión de la marioneta o del dios a un cuerpo imperfecto sino que la gracia sea ahora el signo o emblema de una nueva relación entre un cuerpo puro (en el sentido de Benjamin) y el mundo técnico. Se trata entonces de “descorporeizar” el cuerpo para que de éste surjan las potencialidades de un gesto que haga posible experiencias con objetivos inesperados, que nos permita despegar de un suelo conocido y “museificado” (para retomar una expresión de Agamben) con el fin de llegar a otras geografías de lo estético donde lo viviente y lo inorgánico establezcan relaciones inesperadas. El desafío del teatro por venir consiste entonces en pensar todo un nuevo sistema de articulación de lo que hemos dado en llamar cuerpo y el mundo de la técnica.
Si es verdad, como dice Debord, que los países centrales y los del tercer mundo están por lo menos (y desafortunadamente) igualados en la poderosa expansión del espectáculo y sus consecuencias, es entonces posible defender la utopía de que el cuerpo por venir pueda ser pensado a partir del contexto argentino y latinoamericano constituido en nueva tierra de experimentación.
Para terminar, podemos decir entonces que el actor por venir (argentino y mundial) deberá ser, evocando a Gilles Deleuze, “un puro fluido en estado libre y sin cortes resbalando sobre un cuerpo vivo” (15).
Por Isaúl FERREIRA OLIVERA


NOTAS

1 FOUCAULT, Michel, Dits et Ecrits, édition établie sous la direction de Daniel Defert et François Ewald avec la collaboration de Jacques Lagrange, París, 1994, texto nº 206.
2 VIGARELLO, Georges, Le corps redressé. Histoire d’un pouvoir pédagogique. Paris, 2001( traducción castellana, Corregir el cuerpo. Historia de un poder pedagógico, Buenos Aires, 2005).
3 FOUCAULT, M., Suveiller et Punir. Naissance de la prison. París, 1975 (traducción castellana Vigilar y Castigar. Nacimiento de la prisión, Buenos Aires, 1991 p. 159).
4 KLEIST, Heinrich, “Sobre el teatro de marionetas” en Berliner Abendblätter, número 12, Berlín, 1810, pp. 12-15 (traducción castellana, Sobre el teatro de marionetas y otros ensayos de arte y filosofía, Madrid, 2005).
5 KLEIST, H. op. cit. p. 38.
6 KLEIST, H. op. cit. p. 39.
7 KLEIST, H. op. cit. p. 42.
8 KLEIST, H. op. cit. p. 44.
9 KLEIST, H. op. cit. pp. 44 – 45.
10 AGAMBEN, Giorgio,Profanazioni, Turín, 2005 (traducción castellana: Profanaciones, Buenos Aires, 2005, p. 106-107).
11 Cf. AGAMBEN, Giorgio, op. cit. pp. 97-98.
12 DEBORD, Guy, La société du spectacle, Paris, 1967 (traducción castellana, La sociedad del espectáculo, Buenos Aires, 1995, cap. 1, aforismo 7.
13 DEBORD, Guy, op. cit. cap. 1 aforismo 4.
14 DEBORD, Guy, op. cit. cap. 1 aforismo 17.
15 DELEUZE, Gilles, L’Anti-Oedipe. Capitalisme et Schizophrénie, Paris, 1972 (traducción castellana : El Anti-Edipo. Capitalismo y Esquizofrenia, Barcelona, 1974, p. 17).

domingo, 6 de enero de 2008

Strindberg, en Palermo.


El jueves 4 de octubre del 2007 a las 21:30 hs se estrenó en el Teatro EL PICCOLINO, la obra "Acreedores" de August Strindberg.
La puesta en escena a cargo de Isaúl Ferreira , conto con las actuaciones de Jessica Becker, Matías Panelo, Patricio Bettini y Rocío Fernández Collazo.
El espectáculo conto con el auspicio cutural de la Embajada de Suecia en Argentina . PROTEATRO y FONDO NACIONAL DE LAS ARTES

martes, 1 de enero de 2008

Strindberg grita su infierno en Buenos Aires.Sobre una puesta de ACREEDORES de August Strindberg

Foto: Jessica Becker, Patricio Bettini
Strindberg grita su infierno en Buenos Aires. Sobre una puesta de Acreedores
Por Fabián Ludueña Romandini
Acreedores de August Strindberg
Dirección y puesta en escena: Isaúl Ferreira Olivera
Teatro El Piccolino, Buenos Aires, Argentina, 2007.
Acreedores de August Strindberg se estrena en Buenos Aires en el momento mismo en el que teatro occidental asiste desde hace años a su inevitabile crepúsculo desde que todas las potencias epocales que habían determinado, de modo diverso, la vida de los hombres, desde la religión hasta la poesía, desde la música hasta la literatura han perdido ya toda su eficacia. En este sentido, hoy todo teatro es una forma de arqueología de la especie humana y una forma de entender su inevitable erosión y agonía final. Evidentemente, como en toda arqueología, los tiempos que se despiertan en la búsqueda llevada adelante en esta obra por su director son los que todavía nos habitan como espectros que deambulan en nuestro presente para buscar venganza por el mundo desaparecido. De este modo, todo director de teatro es hoy el oficiante de un culto fantasmático que trata con la sustancia del mundo que hemos aniquilado. No obstante, no hay que engañarse: los grandes dramaturgos – desde Sófocles a Brecht, desde Shakespeare a Strindberg – nunca han escrito sobre su tiempo. Han sido, todos ellos, de algún modo, profetas que escribieron no sobre el futuro, sino sobre las postrimerías, sobre el declive de la especie, sobre como la humanidad habría de devenir, dramática e inexorablemente, post-humana. De allí que el mundo del que hablaba Strindberg no haya podido ser bien compredido en su época y esto por la única razón de que no hablabla de su tiempo cual simple cronista sino de lo por-venir, como profeta de nuestro más brutal presente que no es sino el cumplimiento de los tiempos. Hoy sus textos se vuelven luminosos y a la vez insoportables. Ningún ser de nuestra triste época puede aceptar que los espectros osen presentarse todavía hoy como acreedores del pasado que reclaman alivio para su tormentoso deambular. Las paradojas de la profecía strindberiana hacen que seamos nosotros deudores de su acto profético, esto es, de su escandalosa predicción sobre la muerte de todo sentimiento de posible piedad entre los hombres, del aniquilamiento de todas las barreras que, aún ficticiamente, mantenían todavía unidos a los hombres. En la pieza magistralmente puesta en escena por Isaúl Ferriera, podemos constatar como, una a una, todas las fuerzas históricas de la humanidad son disecadas, roídas desde el interior y finalmente exhibidas como meros artefactos sin sentido : el arte, la literatura, la teología, la medicina, son meros juguetes contra las fuerzas naturales y cosmológicas que se despliegan sobre los personajes y los doblegan hasta hacerlos admitir que nada, sino los más brutales instintos de la especie gobieran los destinos del hombre. El Dios del Trauerspiel barroco, el secreto linaje del que desciende el teatro de Strindberg, muere también en el sacrificio final de Adolfo, acaso el emblema del último hombre. Los demas personajes, los que sobreviven, no somos sino nosotros mismos, encarnados en Gustavo, un gris profesor desterrado de toda patria, un paria cuyo único propósito es vengar su exilio del mundo de los dioses y en Tekla, acaso el símbolo perfecto de la extinción de la mujer, ahora transformada en mercancía espectacular.
Isaúl Ferreira, al poner en escena esta pieza de Strindberg, demuestra que es un verdadero mistagogo, un cazador al acecho de las infinitas sustancias temporales que habitan el texto. En efecto, el error recurrente de los decadentes montajes de los que es objeto Acreedores desde hace varias décadas radica justamente en la ingenua creencia de que es necesario « reconstruir » el mundo de Strindberg para lograr una puesta eficaz. Sin embargo, nadie se da cuenta del hecho fundamental de que el mundo de Strindberg es, justamente, el tiempo miserable que vivimos hoy cuando, al despertar cada día, comprobamos que la profecía era cierta, cuando ya nada de humano podemos reconocer en nosotros mismos y en los que nos rodean. El camino seguido por el director no es entonces ni psicológico ni histórico. Al contrario, se toma en serio la lectura profética de los tiempos y nos ofrece un Strindberg resituado en los caminos que van desde el Trauerspiel hasta el cine negro y desde el romanticismo hasta Rainer Werner Fassbinder, el unico heredero, junto con Ingmar Bergman, de un estilo genuinamente strindberiano. Como es sabido, el texto original carece practicamente de acotaciones escénicas, por lo tanto, el trabajo de Isaúl Ferreira, donde muestra toda la sofisticación de su arte, es en la invocación de una gestualidad posible para un mundo post-humano que ha perdido ya memoria de todos sus gestos de antaño. No hay en esta pieza nada de las escuelas del espectáculo, de los perpetradores de la falsificación masiva de la existencia cotidiana a la que nos tiene acostumbrados el cine y la televisión, pero tampoco ni rastros de falsos conservatorios, de los guardianes de la ortodoxia teatral, o de los vestustos representates del llamado teatro clásico. No hay nada clásico en Strindberg, nos dice Ferreira, puesto que nosotros somos sus personajes y el escritor sueco es nuestro acreedor. La obra, la obra es hoy, está en nuestras relaciones personales, en nuestras maneras empobrecidas de vivir en las sombras, en la carroña del trabajo permanente y sin descanso, en el consumo perpetuo y en la destrucción del lenguaje. De nada menos habla Strindberg para quien sepa escucharlo. Los directores teatrales argentinos y los pseudo-dramaturgos, sobre todos los pertenecientes a la última generación, no son más que agentes de la mistificacion universal del espectáculo y por ello han conducido a la escena nacional a la ruina transformándola en un cadaver viviente. En este punto, entre los escombros, llega Isaúl Ferreira, el mistagogo, para tratar de conjurar los espectros strindberianos que nos acosan día a diía y su puesta en escena es quiza un último gesto de redención posible con el cual podemos asistir a la última representación de la tragedia humana para dejar morir, finalmente, al mundo que grita su ocaso y desea parir el tiempo por venir.

sábado, 8 de diciembre de 2007

Desideratum

He considerado como un deber sagrado la lucha por ser fiel a mi personalidad, buena o mala. Eso poco importa.

August Strindberg